Y te dije Adios…

Hacía poco menos de un año que éramos amigos, de estos que no se ven mucho pero que se tienen cariño. Confiaba en ti. Te contaba mis sueños más profundos, mis dudas y mis más recónditos sentimientos.  Yo sabía que tú sentías algo más y que por eso te distanciabas a veces. Yo, no podía hacer más que entenderlo y aceptarlo. No era lo tuyo luchar por aquello que querías, o al menos eso me decías. No lo entendía, pero, cada uno tiene su forma de pensar. No era de “caballeros” meterse entre dos y te mantenías al margen.

A veces me mirabas con los ojos brillantes, llenos de luz; y yo, me perdía en ellos buscando una salida. Decías que tu mejor pasatiempo era escuchar mi sonrisa, porque según tu, es pausada y parece que nunca termine. Recuerdo que al abrazarme, me susurrabas al oído que te quedarías a vivir en mí para no separarte jamás. Me viene a la memoria como siempre decías adiós y yo te replicaba “no es un adiós, es un hasta luego”.  Recuerdo también aquél día de verano encima de las rocas, con el mar a nuestros pies, me dijiste que algún día volveríamos justo a ese mismo lugar para admirar el mismo paisaje pero que esa vez sería distinto, que esa vez sentiríamos los dos lo mismo y que allí mismo nos daríamos nuestro primer beso significativo.

 

Un día lo decidí. Apostaba mi mejor carta por ti. Asumiendo consecuencias y derribando cualquier barrera por muy alta que fuera. Solo podía imaginar tu sonrisa al decirte que me iba contigo.

Esa misma tarde habíamos quedado y esa era la tarde en la que las nubes darían paso a un sol radiante. Aunque no literalmente, porque el cielo aquella tarde estaba cubierto y teñido de un gris casi negro. Fui hacia donde me estabas esperando y tú estabas igual, con aquella sonrisa en tus labios cada vez que me veías. Parecías eufórico por algo, dejé que empezaras tú y entonces me dijiste lo que para mí fue un fuerte dolor en el estomago, como si todas las mariposas que llevaba dentro se estuvieran ahogando en sus propios lamentos;  que estabas conociendo a alguien. No podía dar crédito a lo que escuchaba, seguro que era una pesadilla, sí, tenía que serlo; y entonces el estridente sonido de un trueno me despertó de mi letargo. Cuando pude ser nuevamente consciente de donde y que es lo que acababa de escuchar, le miré y con el corazón hecho trizas por dentro, le sonreí.

 

Cada verano hasta hace un año, volvía a aquellas rocas donde prometimos un día sentir lo mismo y hasta hace un año, me despedía del mar con un “hasta luego” hasta que la ultima vez cerré aquel capitulo con un “adiós”.

 

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